Crítica a la obra Voluntad

Reseña procedente de la revista de filosofía EL CATOPEBLAS: 

No está muy acostumbrada “La Gente” a escuchar lo que no quiere ni siquiera oír, le causa malestar y repugnancia todo lo que no comparta la razón mínima que ya apetece y que tanto consuela al pagado de sí. Pero, en el ejercicio expositivo de ideas que a mansalva se desarrollan en el ensayo tragicómico del cual nos ocupamos se esparcen mensajes fuertes y profundos de un pensador, de un pesador de vida, que es Martín López Corredoira. El libro Voluntad. La fuerza heroica que arrastra la vida es apetecible a todo aquel que quiera desaprender las primeras letras y órdenes que nos vienen dadas desde la más tierna, si es que lo es, infancia. Posiblemente una de las mejores cosas que tenga la llamada e indefinible Democracia, en la que dicen que vivimos, es que se puede decir lo que se quiera, escribir lo que nos dé la gana y publicar lo que tenga a bien una editorial o un particular que se empeñe titánicamente en dar a luz en forma de libro. Al fin y al cabo, no hay mucho problema porque, si uno tiene una confidencia, bien puede guardarla en un libro. Más o menos como parece que dijera Ortega: Si alguien tiene un secreto, escríbalo en un libro, nadie lo leerá.

libro de filosofía Voluntad. Editorial ÁlteraAlgo caracteriza esta obra con tintes propios: su desnudez frente a tantas vestimentas, que nada ocultan, porque el rey está desnudo, porque los reyes no son tales, diremos. Ahora bien, cuando leemos el voluminoso tratado que, confiesa su autor, le ha llevado muchos años escribir porque es la suma de una parte considerable de su vida, observamos que tal manifestarse es fruto del producto típicamente hispano, por muy gallego que sea, y entendemos español en sentido fuerte, de ser verdadero, de una vocación por llegar a ser Quevedo, Unamuno o Machado. Ahora bien, no es sólo llegar a ser otro. Es llegar a serse. Lo que en el Mito del Héroe tan bien expresó C. G. Jung en su explicación del principio de individuación y que tendría como consumación las bodas sagradas, yerogamias, que son inaccesibles a quienes se pasen navegando, todo el laico día, en las aguas superficiales de Interné. Si la Voluntad fuera ciega, si es que existiera una tal señora, se expresaría a través de la vida de este astrofísico con fuerte ascendiente filosófico puesto que comprueba y prueba que no se puede explicar todo desde las ciencias y que es necesario, como agua de Mayo, otra fuerza que a todos nos debiera mover: La Filosofía con mayúsculas.

Desde las primeras páginas advertimos el consejo sapiencial de los genios que han provocado en Corredoira un deseo de desapego de lo que se llama La Masa, que tanto han estudiado, entre otros, Ortega, Freud y Le Bon. Tal vez, por eso de que, quien quiere ser individuo, no puede quedar pegado a la plebe, y, por ende, se vuelca como de suyo en una vocación vital, total, a lo Kierkegaard, con su voto hacia el singular singularísimo que uno es. Acaso asume la salida del colectivo con la pretensión imposible de ser Juan Salvador Gaviota, en versión adulta, donde ya no caben los infantilismos ni las chiquillerías. Y sí, es un libro de Filosofía. No hay duda de ello. Por sus páginas discurren todo tipo de autores desde poetas, cineastas, literatos…

Podríamos descuartizar la obra y presentar un elenco de los temas que trata pero, siempre, se nos quedaría alguno en el tintero, debido a que la Voluntad a la que nos referimos tiene muchas caras y será mejor presentar algunas de ellas que tratar de ser exhaustivos a fuer de meternos en una tarea imposible. (Es lo que tienen ciudades como Tebas, como indicara nuestro maestro Schopenhauer respecto de las mil puertas que tenía su obra.) Un libro de tantas páginas, cosa que es de agradecer, no se puede resumir en dos. En este sentido diremos que preferimos hacer un análisis salvaje y no tanto académico. Análisis salvaje que nos lleva a visualizar algunos de los materiales de los que se compone el tratado y que han dejado huellas, lágrimas y sonrisas en la lluvia, en nuestra recepción del libro.

Así, es muy destacado su énfasis en la valoración de la llamada elevación del espíritu ante la medianía, la pasión por la individualidad en soledad, la investigación sobre el amor, las relaciones entre hombres y mujeres, su peculiar visión de la mujer en el conjunto del cosmos, su volar hacia tierras inhóspitas habitadas por músicos y poetas que jamás podrán ser escuchados por todas las gentes, su descarnada visión del paisanaje humano, demasiado, qué pena, humano. Al fin y al cabo, humano que, como todo, se dice de muchas maneras.

A quien se enfrente a sus páginas le pasará muy posiblemente como a nosotros: queríamos haber seguido leyendo más para ver hasta dónde era capaz de provocar, de meter el bisturí, de cortar tejidos, en apariencia sanos, pero que necesitan ser iluminados por el haz de una razón disolvente que vaya más allá de lo aparente. No es fácil encasillar el texto del autor y por ello no podemos entender etiquetas que lo enmarquen en tal o cual tendencia. No creemos en las etiquetas en las que, a buen seguro, en cada momento, caemos, fruto de los problemas del lenguaje ordinario. Bien es verdad que, el autor, también incurre en colocar etiquetas que, a modo de mecanismo de defensa o de ataque, pueden incluso ser inevitables en todo hijo de vecino puesto que el no juzguéis y no seréis juzgados suena muy a Biblia pasada y caduca. Suena al decadente Jesús tan olfateado por la nariz nietzscheana y por otros olfatos filosóficos, más allá de lo bueno en-sí y de lo malo en-sí.

A todos cuantos aborrezcan la Sexta, la Primera, la Dos, la Tres, la Cuatro, la Cinco, la Trece, verdaderos delirios esquizofrénicos de los que quieren estar en todos los saraos y no están en ninguno, están de enhorabuena, pues un libro así nos sirve de choque para combatir la pusilanimidad, la masa, la mecánica del ser social instalado en la filosofía vulgar de la calle. Se necesita mucha buena vida para filosofar y mucha buena filosofía para vivir intensamente. Sí, muchas lecturas y referencias a las artes y a los saberes aparecen a lo largo del libro que no pueden ser fruto de un par de meses. Su resultado es la necesaria confrontación pero, ahora, de modo quevediano, gracianiano, con la intención de no pasar inadvertido, de hacerse ver, de ser voz que clama en el desierto. Es muy propio de los filósofos españoles exponerse ante el toro y no quedarse detrás de la barrera. En este sentido Corredoira además de hacer evidentes manifestaciones de erudición se muestra sin máscaras, sin reservas, en las áreas en las que se suele esquivar el debate y la pugna. Se diría que se mete en un análisis salvaje casi sin censuras en los tiempos de lo borreguilmente correcto, en los que un Nietzsche de hoy tendría que dar cuenta ante el tribunal de la razón, de una razón, bien es verdad, con minúsculas.

Nos preocupa mucho España, y ello con razón, pero la vida siempre pide más. Se trata de ser águilas y no lombrices o cerdos. Pues bien, como Nietzsche desde ciertas alturas contemplando los abismos, Corredoira se apresura a subir más allá del lodo terrible, vulgar en el que estamos envueltos. La vida, si lo entendemos bien, no merece la pena si no es vida superior, una vida del espíritu que en todos los tiempos se hace tan difícil de dar rienda suelta. Y es que una vida suprema merece soledad, como la del monje que da culto a un dios que no le habla pero que le permite ascender a tierras ilusorias para encontrarse acaso con la nada que siempre será más que lo que ofrecen los parlanchines de las ondas televisivas o la sociedad del mercado pletórico. No existe dios pero ¡qué más da! El saber es una búsqueda a la que ya no se puede renunciar por su llamada y por el placer que se experimenta en soledad con ella. Una búsqueda sin término que diría Popper. Mejor así. (Por cierto que Popper no sale bien parado en la crítica que Corredoira le hace en su Somos fragmentos de la naturaleza arrastrados por sus leyes (Editorial Vision Net) puesto que, en síntesis, aquel dedica varios capítulos de su obra Una búsqueda sin término a demostrar que la mecánica clásica es un modelo correcto del Mundo y, al mismo tiempo, afirma que no hay determinismo. ¿En qué quedamos?, pregunta el autor de Voluntad.)

No es extraño que cuando se quiere la supremacía de un espíritu sin alma se deba renunciar a la progenie, a los compromisos, a los negocios. Bien sabía Platón que quien quiere gobernar debe desposeerse de los bienes que le apartan de la contemplación. Sin concesiones el autor nos está brindando un nuevo modo de vivir: la búsqueda de lo otro. ¿Por qué renunciar a los hijos? ¿Por qué arremeter contra la pareja? ¿Por qué decir sí a la voluntad? Porque el individuo que está abierto a experimentar una vida no convencional, se enfrentará al trago amargo de ver la verdad de lo que es. No creemos, ni por asomo, que se pueda deducir de esta obra una lectura contra las mujeres de carne y hueso ni contra los hombres reales. Se necesita mucho amor a los demás para ser crítico destructivo y no ser un mero papanatas o un nene que se enfada porque le hieren su almita. No compartimos plenamente las tesis que expone sobre la mujer o sobre la masa pero está bien que alguien se atreva a tratar de derribar los mitos de acero que soplando se caerían. Además, que quien se pique, ajos coma. Lo decimos porque la mujer o el hombre que se buscan, que quieren más vida que una vida biológica, no se andan con pamplinas. Sabemos que la lectura misógina de Schopenhauer ha sido dicha en términos cientificistas por los sociobiólogos, pero como el fundamentalismo científico puede batallar a sus anchas no se le toma como enemigo. ¿Por qué hacer hijos? Es una pregunta que resonará en el lector y, si advierte la dureza de lo que desvela el autor acerca de su propia vasectomía, verá que no hay que silenciar las verdades vividas. Si los hombres somos masa anónima, manipulable, peor para nosotros y, si no lo somos, mejor que mejor. Antes de irnos al otro barrio hemos de confesar idéntico desprecio por los fútboles y demás deportes de la plebe. ¿Qué decir? ¿Tendríamos todos que caer rendidos ante un chute de Pepe o un raquetazo de Nada? ¿Por qué?

Hay solución: “El ser que comprende el estado material del mundo y de su cuerpo debe saber que, en algo, se distancia del vulgo. Y su sentido común, un sentido nada común entre el vulgo, es una potente herramienta útil en el acontecer de la vida”. Además, nos anima un poco más adelante a mirarnos en el espejo social: “La observación del vulgo puede ser aprovechable en la medida en que percatarnos de sus torpezas nos permite corregir las nuestras”. Sí, en verdad que no necesitamos profetas, pero sí, de vez en cuando, un pequeño latigazo que remueva conciencias.

Hay que tener también unos grandes arrestos para dedicar un capítulo a la mujer por separado del hombre. No entendemos eso de la igualdad entre hombres y mujeres ni entre hombres y hombres puesto que nos diferenciamos todos de todos. Pero hay en nuestros tiempos una falla consuetudinaria que consiste en mentir: la mentira de que todos somos iguales. No hablamos de democracia ni de esas cosas. Hay diversidad, pluralidad y francamente advertimos que, aunque no estemos de acuerdo con todas las tesis del autor al cien por cien, sí admitiríamos su estudio fenoménico en partes. Pero léase el libro y, si somos demócratas, hablemos sin tapujos. (La palabra democracia vale para los reyes hoy en día, tranquilos.) Bien es verdad que han llegado nuevos tiempos, fatídicos en muchas áreas, sí, pero de bienvenida igualación económica para algunos de los miembros de ambos sexos. Las propuestas más fuertes acerca del espinoso tema debieran ser tomadas cum grano salis. Si se lee el libro entero podemos visualizar una ecualización en las críticas que reciben también los hombres, que no salen mejor parados.

Un aspecto trascendental, creemos, es el que aparece en las páginas referentes a los VALORES, en las que parece acercarse a una postura platónica por lo que las ideas son mucho más importantes que los sujetos. Se observa según propia confesión la abstracción y lo peligroso de meterse en este berenjenal por las consecuencias y por la dificultad real de sacar algo en claro de esa investigación. Él mismo reconoce que puede estar yendo por las ramas (p.323). A la hora de entronizar qué ideas serían las fundamentales el autor advierte que prefiere mantenerse en lo abstracto, en las ideas sobre las ideas, o sea complejidad. En ese capítulo se expone la finitud, la limitación more spinoziano del individuo frente a lo real. Los valores no son nada definibles a su juicio, y prefiere pensar en ideas tales como lo bello. Expresiones así como Nada somos y nada son los demás pero caminamos hacia el ser nos hacen sospechar en una suerte de planteamiento parmenídeo que anteriormente se ha venidoatisbando al declararse schopenhaueriano en su concepción filosófica. No creemos que su intención sea la de hacer un sistema necesariamente sólido sino, más bien, presentar la tensión dialéctica de las muchas lecturas que se muestran en el juego. De tal manera que se asiste a una puesta de largo en la confrontación del ser que busca ir más allá de la propia finitud. En particular es interesante el ejercicio de mostrar la lucha de las ideas que desde Platón ha visto la luz: La idea necesita abrirse camino contra mil adversidades. Si alguien muere por una idea es porque es su idea, y su idea es su vida. Nos recuerda mucho a Schopenhauer en su descripción de la lucha de las ideas a muerte a través de las generaciones. Sí, en efecto, hay mucho que sacar de aquí. Mucha es la leña que ha colocado el autor para que arda en debates que estén al nivel. En lo que no podemos dejar de darle la razón es en la advertencia que hace a todos aquellos que creen que sus ideas son suyas cuando se olvidan de que nada propio tienen que expresar (p. 327). El autor ahora señala como filósofos a todas las personas que tienen ideas en su cabeza y, por tanto, todas vienen a serlo que es lo que nosotros hemos tratado de presentar en ¿Quién es filósofo? Todos somos filósofos (Ed. Lacre, Áltera). En otras partes, Corredoira ha diferenciado entre profesor de filosofía y filósofo negando a todos aquellos que lo sean. No obstante, admitimos la graduación de los filósofos puesto que los hay mejores y peores.

Posteriormente, a lo largo de la siempre bienvenida amplitud aparecen parajes que se dedican a ponderar el valor del individuo frente a la vulgocracia movida por las cadenas de televisión, etc. En nuestros tiempos parece que ante la aparición de las redes y de los audiovisuales se podría marginar y postergar la lectura, el estudio, pero sería un gran error si las almas individuales, pocas, dejaran de examinar, de rumiar y de aspirar a una Voluntad de mayor envergadura que la de la masa social, que no tiene ni puede tener ninguna formación superior, para su propia desgracia. Lógicamente el autor reivindicará a Spengler al ser testigo de la fase crepuscular en la que nos encontramos. Ello hay que decirlo, sin temor, pues no hay que dorar la píldora, como se suele hacer, al auditorio. Hay que decir, en consecuencia, las cosas como son y dejarnos de poesías y metafísicas que no hacen más que apartar de lo real. Sí, nuestro mundo está en decadencia. Vale. ¿Qué hacer en este caso? Creemos que lo que se puede hacer es contemplarlo y verlo como se ve a un perro o un paisaje caribeño. Lo otro es mirar para otro lado. No estimamos en poco el aprecio por el filosofar del individuo concreto ante la mentalidad débil, ante los medios de manipulación de masas, ante el único dios de la gente: el dinero. La crítica destructiva se dirige también contra la cultura como circo que está en manos de burócratas que se las apañan para que todo devenga parque de atracciones, en industria. Por eso se escucha:

Queremos verdades profundas y no bagatelas…

Quienes hemos sido fascinados en tiempos por los tunantes Marcuse, Fromm, Reich, tampoco les valoramos tan poco como para que no tengan su lugar de combate en nuestro cuerpo, a pesar de sus tonterías o esquemas simples; son necesarios pero, hoy, ya solo se leen como reliquias burguesas. Sin embargo, claro que se pueden reivindicar algunas de sus propuestas frente al tener compulsivo, frente a la represión libidinal y del Eros, frente a la sociedad autómata… Creemos que el autor de Voluntad apoya, y defiende combatiendo, el amor por el conocimiento, tan caro a un Schopenhauer o a un Platón. Podemos estar seguros que el amor por saber es ya un saber en sí, como dice Hegel, aunque el saber es uno de los bienes que menos se buscan en la sociedad de ayer, de mañana y de siempre. Y es que buscar saber sólo puede ser delicioso para muy pocos y no siempre son burgueses quienes lo desean sicut cervus ad fontem. Sí, aparece con toda la fuerza una concepción aristocrática del conocer y no nos referimos al conocer de gentes que conocen cosas como las conocen los concursantes de Saber y Ganar o del Trivial. El conocimiento no es para ir a concursos que compitan por ganar puntos, como los caballos en las carreras, previa doma. El saber es algo muy serio que no se reduce a saber detalles de fechas o datos históricos. El saber es una pasión, mejor, una acción que arrebata al que quiere conocer y, sólo por esa acción que conduce al paroxismo, entenderemos que pocos pueden ser los llamados y muchos menos los elegidos. No cabe, en este sentido, ni engaño ni admitir la mala fe a los que a ella se acogen. El ser individuo es lo que tiene. Se hace uno un ser que poco tiene que ver con el resto por mucho que todos tengamos forma parecida. ¿Cómo invocar a la democracia? ¿A la igualdad perversa? El que quiere ascender a la cumbre está dispuesto a dejar muchas cosas en el camino: amigos, mujer, marido, riquezas y todo refuerzo que desde las cadenas misérrimas de televisión y radio quieren, a fuer de constante martilleo, hacer seres diminutos, nanoseres vitales. El ser superior quiere otra vida y al que no le guste que le aproveche. Un Nietzsche perdido por la Alta Engadina vale más que cualquier castillo pétreo de Rey Loco. Podemos imaginar un poco lo que hace el hombre cuya vocación es saber, querer conocer, cuando visualizamos a un Tomás de Aquino en su celda leyendo, releyendo y dictando a sus hermanos amanuenses. No buscan otra cosa: buscan saber. Buscan la cima pese a su falta de verdad. Incomprensible será entonces entender una educación estatal que pretenda el conocimiento superior de sus miembros. Atienden a la ley del mercado, al hombre productor consumidor, a su satisfacción. Un hombre vacío, leve, insípido como cualquier existencia insípida. Un hombre que dice lo que hay que decir, sin ninguna capacidad de que su estimativa se ponga en acción. No entiende del bien y del mal. Es un hombre, digamos, postmo. ¿Qué dice Vargas Llosa? ¿Pérez Reverte? Lo que ellos digan, yo repetiré. El hombre actual, el español que lo mismo le da so que arre, se moldea de maravilla. Es un hombre hecho de La Sexta, de la Tres o de la Cinque francesa. Sabe a Sexta. O a ETB. No se cuestiona, no se interroga como interrogante que es para sí. Es lo que se quiera de él. Es un servidor del pensamiento que hay que pensar y su mayor divulgador. Admite la lotería, juega a la primitiva, mientras vota izquierda de toda la vida y ve corruptos sólo a los Bárcenas o a los Puyol despreciables, a buen seguro, pero no menos que quienes quieren obtener beneficios tras jugar a la bonoloto o a la quiniela. Más trabajo da a un corrupto viajar a Andorra que cobrar como que no quiere la cosa unos millones de euros.

Si bien se mira, nos encontramos con una crítica de quien predica en una isla desértica. Renuncia a un planteamiento que vaya más allá del bien y del mal, de lo acordado, de la masa. Por eso, Ortega es exitoso en su Rebelión de las masas. Nos ha pintado al hombre de ayer y de hoy, al sin sal. ¿Cómo aceptar la crítica que nos hace despertar? ¿Cómo estar abierto a que nos pinchen el globo? He aquí un posible diálogo:

Voz que clama en el desierto: -¡Despertad!

Respuesta: -¡Déjanos en paz!

Sí. Ya no se oyen gentes que riñan a los chicos que invaden con sus patines o bicis las aceras. Hay miedo a decir lo recto. Y, sin embargo, hay algunas que todavía cogen el toro por los cuernos como Hércules, a pesar de que saben que es perder el tiempo no quieren llegar a ser un bloque de cemento antes de morir, parafraseando a Sartre. Ese hombre que toma partido por sí mismo está tomando partido por una causa superior a su ser. Toma partido por el hombre y se niega a ser defenestrado del todo por las ventanas de la intrahistoria…

Sí. Nos encontramos ante un texto iconoclasta y no políticamente correcto. Es verdad que la cantidad de mentiras que inyectan los medios de incomunicación de masas ensalzando a unos imbéciles que han conseguido su realización a edades jóvenes mientras se desprecia o se desconoce a pensadores dinamita. Una cosa es el triunfo mediático y otra el espiritual, nosotros, materialistas, decimos, sí, espiritual. Y sin con-fusión. El espíritu no existe pero existe un cuerpo que no se doblega. ¿Se entendería por hombre espiritual un hombre rebelde? Quizás Camus ya lo haya fantaseado.

Un canto más de los pocos que hoy hay se ha entonado contra la mediocridad. Un susurro inteligente con garra nos ha nacido, una lucha contra la aristocracia monetaria. Es el grito del que aspira a más vida que a la puta basura de lo dado en TV, que será necesario verla y reverla para, como no puede ser menos, mandarla al carajo. Sí, repugna el pragmatismo del espíritu del hombre mediocre y es noble escuchar otras voces que nos salven de tanta vulgaridad de la que jamás nos podremos desprender por ser humanos, demasiado vulgares, pero, con todo, un esfuerzo por una cierta elevación nunca es rechazable. Ya de estar en esta tragedia aspiremos a lo superior que sólo los resignados verán en el derramar champán carísimo sobre sus cuerpos musculosos y atléticos pero sin pizca de genialidad nietzscheana. ¡Quién pudiera haber sido un volcán como Schopenhauer al que los señores-etiquetas llaman el pesimista!

La vulgocracia, como decimos, es una instancia a batir. Se lo merece en gran parte y, en gran parte, se ha consolidado debido a los esfuerzos de una sociedad cuyos méritos se abastecen por la tele y demás infamias. Desde luego no se puede estar en total desacuerdo en la crítica furibunda que Corredoira propina a los derechos humanos, muchos de los cuales son cánticos celestiales para idiotas. Su acerada pluma se pone de parte de un colectivo explotado por el vulgo burgués: el de los trabajadores. Bien es cierto que discrepa de todas las ideologías que fomenten derechos gratuitos, sin esfuerzo por parte de los demandantes de empleo. Por eso su imperativo tiene su aquel: ¡Que se mueva quien tenga pies y manos! Mucho se podría alegar en defensa de los trabajadores y de la inexistencia de eso que se llama libertad pero no resulta exagerado admitir que nuestra sociedad parece cada vez más cercana al ocaso después de periodos de esplendor. Se diría como que es prioritario tener trabajo, crear puestos de trabajo, aunque sea a costa de ser seres repetitivos y decadentes: “No me sorprendería que, cualquier día, se contratase personal para levantar muros por un lado y otro personal para derruirlos por otro…” y buena razón tiene en lo siguiente que escribe a continuación “aunque con este comentario probablemente peque de ingenuidad porque cosas peores deben estar haciéndose ya”. En efecto, así creemos que ocurre. Es una sociedad boba pero cuya terapia debe comenzar por ser sabedora que lo es. Clement Rosset sin duda insistiría en ver las cosas tal como son y dejar de hacerse ilusiones, no duplicar lo real creyendo que hay otros mundos posibles como esos eslóganes cansinos de izquierda indefinida que antaño prometían el oro y la plata a toda la clase obrera. Es lo que es. En este sentido hemos de admitir que si es lo que es, entonces, también, dado que hay almas que tratan de elevarse, habrá que aceptar su realidad que algunos estimarán como enfermizas y maltrechas. ¿Cómo puede querer éste vivir una vida plena si somos tan pequeñitos? Es la ley del rebaño. Puedes vivir si no perturbas con tus cuentos e historias nuestro pequeño y confortable mapamundi. Puedes vivir solitario si no nos das la paliza con tus mamotretos de los que no tenemos ninguna intención, mínima, de leer. Estamos bien: tenemos fútbol, tenis e incluso misa los domingos por la tele, si nos apetece no ir a la iglesia.

Ante esta atmósfera será irritante todo espíritu que pretenda ascender a la Montaña. Que se vaya consigo. ¡Con viento fresco! Es muy común entre los bípedos implumes, o sea esas cosas llamadas hombres, compararse en la altura del vuelo. (Sí, hemos estudiado, día sí y día también, el dialelo antropológico.) Por eso a todos nos interesa que no se propalen mucho nuestras metas, nuestros valores. Así que todos “igualicos”, como diría un pensador maño. Es una suerte poder ser español, hablar en español, vivir en España pero, por si acaso, no destaques no sea que nos despedaces nuestra miserable vida vulgar. Antaño había valores que excitaban a conquistar nuevos mundos, nuevas profesiones, almas para la causa, a defender a los menesterosos. Hoy es tiempo de silencio. Corredoira no quiere quedarse callado. A lo que parece todavía no se ha convertido en un bloque mineral en que devienes cuando palmas o las espichas. De ahí que quiera jugar como el niño de Nietzsche, resistirse a morir en esta vida a la que nos han obligado a vivir.

El libro se divide en tres partes sustancialesyla última se presta a formularun enigma. No nos es posible verter en pocas páginas, tantas. Las lecturas, los temas se agolpan pero el libro está para eso, para leer despacio una y otra vez. Posiblemente hayamos perdido de vista el sentido de la lectura y lo que dice Goethe acerca de ella: se necesitan muchos años para aprender a leer y él confesaba a los ochenta, creo recordar, aún no lo sabía hacer del todo. Aparece un poemario en la parte final que obtuvo su premio. Aparecen muchas obras que no puedo citar siquiera. Los temas políticos y sociales deben ser revisitados porque se podrían perder, si se hace una lectura a vuela pluma, muchos títulos para futuros debates. El tema del trabajo y del ocio, el tema de la esclavitud laboral, el cultivo de la inteligencia, la fuerza del espíritu, el deseo de voluntad. Por todos los lados, lo hemos comentado, aparece Schopenhauer y cómo no, Cioran, como conexión necesaria. Y es que los maestros serán criticados por nosotros pero gracias a su luz podemos ver más lejos hoy, mañana, siempre.

Las partes principales como decimos son I) Voluntad en uno mismo, II) Voluntad más allá de uno mismo, y III) Voluntad y vida idealizada. Para alguien que se declara conductista, pero no sólo, es muy fácil leer lo que quiere decir el autor con ese término. El guiño nos lo presta Schopenhauer. Estamos seguros que quien está leído puede convertir un sistema a otro y aunque lo descerraje puede conservar partes suyas. La palabra voluntad es hermosa y nuestras lecturas siempre han visto que la filosofía busca voluntad de llegar a ser. En un debate con el autor, que sería maravilloso, podríamos llegar a acuerdos y desavenencias pero quien ha trabajado en el mundo del espíritu no le plantea problema poder dialogar, dialéctica necesaria que sería la que consumase toda lectura de un libro realmente interesante. Y es que creemos que el debate filosófico es tan necesario como su antecedente organización eidética. Tal vez muchas producciones buscan ser debatidas en mesas en las que brille la inteligencia, otro término no apto para conductistas. Un libro debiera ser lo que nos reuniera en torno a las cenas de empresa y no esas barajas condenadas a perpetuar nuestra ignorancia. Hay que cambiar ideas, como Unamuno nos dice desde su nicho salmantino parafraseando a Schopenhauer, para luego quitarse a sí mismo la razón. Y es que toda razón es lucha, avance por la guerra y el combate.

Las notas a pie de página no son infrecuentes y confesamos que nos parecen muy didácticas en libros de esta naturaleza. Siempre aclaran aspectos que no son fáciles de elucidar de modo discursivo en el ensayo. Es muy sabido que un libro en el momento que aparece al público ya no es del autor propiamente aunque él lo compusiera. Así hay matices en el texto que, a pesar de que al autor no le parezcan acaso sustantivos, a nosotros, sí. En algún pasaje del libro aparece una referencia explícita al tema comprometido de la paternidad. Si hemos de ser sinceros este será un tema marginal para ciertos lectores pero no para nosotros. Y es que no puede serlo porque Voluntad es uno de los títulos que más importancia tienen en filosofía mundana en dos figuras fundamentales, a saber: Schopenhauer y Nietzsche que, al parecer, optaron por la no paternidad, como tantos otros. No es irrelevante la cuestión si pensamos que Pío Baroja se ha dejado ver también por Cuesta Moyano y otros parajes, dándole vueltas a los personajes de El árbol de la ciencia, yha estado, no ha mucho, pisando aceras madrileñas y españolas. (Si bien, como decimos, no es un tema principal en Martín Corredoira, llegan tiempos en los que hay que considerar seriamente la cuestión de la procreación que en los libros de Benatar o de Julio Cabrera se analizan filosóficamente más allá del problema minúsculo catalán… mientras haya un mínimo de sentido propio unamuniano español.) Por cierto, que ya no admitimos sermones de los padres predicadores o de las mentes positivas. Si la realidad es plural como defendemos, si es discontinua, bueno será mostrar las cartas de los que son obligados a callar: absolvemos a los no natos de ver la cara, la mala baba, de Pusdemon, Forcadela y otros seres de la peor calaña. Les absolvemos de la esclavitud de servir a todos los que no están aún. No así hizo el finado Papa Juan Pablo II durante sus veintiséis años de pontificado, quien animó a traer hijos sin ton ni son porque Dios, círculo cuadrado, quiere la vida. Y luego rehabilitaba el muy santo a Galileo, mientras sembró la ideología perversa del multiplicaos. Menudo espanto ese de la sexualidad sin condón. Vaya gracia que tiene la santa mamá iglesia. Sí, muchos pagan un precio muy alto por respirar.

Para ir concluyendo unas palabras acerca de Voluntad creemos que no son inoportunas. La idea Voluntad es preciosa por lo que tiene de idea fuerza. Voluntad hace referencia a voluntad de vivir, a voluntad de poder, al triunfo de la voluntad. Un hombre con voluntad es un hombre que se coge a sí mismo ante la plaza pública y se expone a la mirada de todos los que por allí pasan como nos decía Unamuno en Almas de jóvenes. Una vida sin voluntad es una vida miserable, pero la voluntad se dice de muchas maneras. En nuestros tiempos la voluntad está de capa caída en gran parte de la zona vital. Se espera una espontaneidad, un deus ex machina. El libro de Corredoira hace ver, incluso al conductista radical, que no acepta la voluntad como un rasgo interno, que el ambiente debe ser superado para conseguir mayor vitalidad expansiva mediante una mejor educación, mayor compromiso con la razón, más ganas de vivir una vida que quiere más vida. Mientras, las instituciones se hayan perdidas en gran medida en sus implantaciones, las personas buscan dinero y comodidad, las televisiones y la industria cultural perpetúan el clima de decadencia, aparecen en el paisaje, no obstante, individuos que saben que hay que buscar otra vida, otra forma de vivir. Es el individuo que no se cree lo de la masa ni la última moda. Es el individuo solitario pero no aislado. Es el que sufre porque sabe que hay más que lo que aparece ante sus ojos: hay toda una vida plena. Ya de estar aquí, si contamos con la amistad epicúrea, con un compromiso estoico por los otros y con la firmeza tendremos más garra para no ser abatidos por el primer tiro de fogueo de esta decadente sociedad a la que no hay que dejar sola. Como nos enseñaba Atilana Guerrero en otra de sus didácticas clases en la explicación de la obra Apología de Ociosidad y Trabajo enToledo, se hace preciso casar en nuestra vida a Labricio con Diligencia, no renunciando a Ocio, en el mejor de los sentidos posibles, y alejarnos, cuanto antes, de las damas Fraude, Hipocresía y Desidia.

(El libro de Corredoira lo adquirí tras dudas y vacilaciones en una librería de León pero dudé muy poco. Su presentación es impoluta. Y luce muy bien en los estantes de un filósofo de barrio como el que les habla. Su diseño es lindo, como diría un argentino hermano. De esos libros que se apoderan de uno y tiene uno que seguir leyendo sin parar. Revolucionó mi espíritu mediocre por unos días. Quise aspirar a lo más y ya, de vuelta a la cotidianidad, me dice al oído que no soy el Otro de Lacan ni gilipolleces de Zizek. Sí, yo era uno más de la manada pero un día se me dijo: “Despierta, lee, vibra. Ya dormirás”.)

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